¿Quiere usted charlar un rato con su perro?

Durante nuestra infancia todos creemos que se puede hablar con los animales. Suponemos que debe existir un idioma que nosotros desconocemos, pero que ellos utilizan con toda naturalidad. Después de todo, en Bambi no es que los ciervos hablen con los ciervos, es que los ciervos hablan con los conejos, con las mofetas y con los buhos, y como a ningún niño se le puede ocurrir que haya algo en Bambi que no sea completamente cierto, todos creen (o hemos creído) que cuando se encuentran solos y no hay humanos presentes, los animales se expresan con la misma soltura que usted y que yo. Desgraciadamente, me temo que aún no hemos descubierto ese lenguaje. Eso sí, en el mundo de la fantasía, de la literatura, de la leyenda o del cine, no falta quien conozca ese idioma. Seguro que recordamos a algunos. ¿Me acompañan en el paseo?

usted quiere hablar con su perro

Por ejemplo, Merlín. El mago Merlín, que aparece en las leyendas como uno de los miembros más destacados del círculo del rey Arturo, se dice que tenía ese poder, el de comunicarse con las bestias, y se dice también que lo utilizaba a cascoporro. Seguramente porque se trata de una facultad que se consideraba uno de los mayores poderes de los brujos, ya que de Fausto, otro hechicero que tal, también se aseguraba lo mismo. Supongo que tiene que ver con que semejante capacidad estaba considerada algo así como el súmmum del conocimiento, y que tal idea tiene su origen en el jardín del Edén de la Biblia. En el paraíso, Eva hablaba con la serpiente lo mismo que cuando hablaba con Adán. En el momento en que Yahveh expulsa a la pareja del Edén (si Eva hubiera comido nada más que chuletas y solomillos todavía seguirían allí) les quita todos los superpoderes que disfrutaban, tales como la inmortalidad, la capacidad de ir desnudos y no pasar frío, comer lo que quisieran sin que les subiera el colesterol y la comprensión del lenguaje de los animales (ya que nuestro blog es de lenguas, justo es señalar que Adán y Eva hablaban absolutamente todas las lenguas del mundo; básicamente, porque sólo había una). Y todo por culpa de una conversación inadecuada con la serpiente. Un desastre, vamos.

Aunque quizás el que le sacó más partido a las charletas con los animales fue el héroe Sigfrido. Hablamos, por supuesto, del Sigfrido del Cantar de los Nibelungos y de las óperas de Wagner. Sigfrido, después de matar al dragón Fafner, se bañó en su sangre. Y al bañarse adquirió el curioso poder de entender el lenguaje de los pájaros. Y escuchándolos – mira que bien – se enteró de dónde guardaba el dragón su tesoro. Sigfrido fue al lugar que decían y logró un botín enorme; baste decir que doce carretas se llevaron cuatro días yendo y viniendo para trasladar el enorme tesoro, razón por la cual no entendemos que en las escuelas de idiomas no enseñen el lenguaje de los pájaros, ya que vemos que resulta extraordinariamente productivo.

No obstante, mi libro favorito donde los humanos hablan con los animales es la famosa novela de Kipling, El libro de la selva. Antes de leerlo había visto la película de Disney; comoquiera que en los dibujos animados es frecuente la presencia de animales parlanchines, no me sorprendió mucho. Pero en la novela… Bueno, allí los animales hablaban como si se tratase de la cosa más normal del mundo, y Mowgli parlotea con Baloo y con Bagueera todo el tiempo, y discute y se ríe con ellos, y se comportan como amigotes. Una especie de hermandad absoluta entre humanos y animales. Aunque la cosa, al menos en el libro, no acaba bien del todo. En su aldea, Mowgli es considerado un tipo peligroso, un joven extraño, precisamente por su capacidad de hablar con las bestias. Tanto es así que terminan expulsándolo del poblado.

En fin, en todos los casos que hemos visto, los animales que hablan con los humanos tienen su gracia (incluso la serpiente del Paraíso Terrenal). Sin embargo hay otras obras donde esa capacidad parlante de los animales no resulta precisamente muy positiva. Me refiero, por ejemplo, a Rebelión en la granja, la novela de George Orwell, que aunque se trate de una metáfora de lectura política, termina siendo un pelín siniestra. Ahí, los animales que hablan son un peligro. Aunque no tanto como en la narración de Pierre Boulle, El planeta de los simios, muy famosa también por su adaptación al cine. En la novela de Pierre Boulle, los monos que hablan nos dan mucho, muchísimo miedo, tanto que después de leerla terminamos pillando cierta aprensión por los simios, incluso por los que no hablan. Aunque, todo hay que decirlo, quizás precisamente los monos posean la solución de nuestro enigma. Cuenta Jules Verne – no recuerdo exactamente dónde – que entre los negros de África que llegaron como esclavos a América existía una curiosa leyenda. Según contaban, los monos en realidad sabían hablar, sólo que descubrieron que si lo hacían los humanos los ponían a trabajar, por lo que optaron por fingir que desconocían el lenguaje. Pero que el día que quieran volverán a hablar. En el fondo es una leyenda bastante triste, pero quién sabe si no es cierta.

Se me quedan muchos más ejemplos en el tintero, pero no es cosa de alargarse demasiado. Continuaremos otro día.

         

Sobre José Balsa Cirrito 6 Artículos
Licenciado en Filosofia y Letras, escritor, músico y también ha trabajado en radio y prensa. Ha publicado las novelas La estafeta del viento (premio Luis Berenguer) y el circulo hegeliano (premio Valdemembra) igualmente, la pieza teatral El gran ennuco de Persia (Premio Teatro Independiente Alcalaaino). En la actualidad ejerce como profesor de literatura

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