La traducción en el arte y el arte de la traducción

La traducción en el arte y el arte de la traducción

Que la traducción es un arte es algo que nadie de los presentes duda. Estoy convencida. Quien esté leyendo esto tiene algún tipo de relación con el mundo de la traducción. Ya sea por profesión, por devoción o por mera curiosidad. Y si algún lector ha llegado aquí por casualidad, le invito a darse una vuelta por los artículos que diariamente publicamos en el blog de CBLingua. Para que vea los problemas y dificultades que los traductores nos encontramos en el proceso de traslado de información de una lengua a otra.

Pero hoy no os quiero hablar del arte de la traducción, sino de la traducción en el arte. Este fin de semana he estado en el Museo de Bellas Artes de Asturias. Cuando voy a un museo tengo la manía de coger los folletos informativos en otras lenguas, no sé por qué. Esta vez cogí el de francés. Y volví a comprobar la cantidad de información que se pierde en una traducción ¡Qué desesperación nos invade a los traductores tantas veces!

Pondré algunos ejemplos que encontré en el folleto del que os hablo:

Filandón, de Luis Álvarez Catalá

Hay un cuadro del pintor Luis Álvarez Catalá que se llama Filandón. En este caso el traductor optó por mantener el nombre, Filandón, añadiendo después un pequeña explicación: “reunión nocturna de mujeres para hilar”. Y sí, es cierto. Esa es una pequeña descripción del filandón. Pero quien desconoce el término desconoce todo lo que hay detrás de esa reunión. Que sí, que tejen. Pero a la vez cuentan cuentos, historias. Y claro está, también todos los chascarrillos y cotilleos del pueblo.

 

El Rinconín, de Juan Martínez Abades

Otro ejemplo. Un cuadro del pintor Juan Martínez Abades que se llama El Rinconín. La técnica utilizada por el traductor ha sido la misma en este caso. Deja el título original y añade una pequeña explicación: “pequeña esquina”. Estoy imaginando el desasosiego de ese traductor al no poder trasladar toda la información que engloba “rinconín”. Para mí hay en él un sentimiento de ternura y cariño que me falta en “la pequeña esquina”.

También es probable que ese sentimiento de falta se vea completado cuando se ve la imagen. Una lengua de mar entrando entre acantilados propios de ese cantábrico que tanto se echa en falta en la distancia. Y es que el arte no tiene idioma, son sentimientos a flor de piel. Pero hoy no he venido a hablar de arte.

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