El código deontológico del traductor jurado

código deontológico traductor jurado

El vacío legal que existe respecto a nuestra profesión lleva a menudo al traductor a sentirse completamente desprotegido y desubicado, especialmente cuando se dan los primeros pasos en la traducción jurada. Si bien existe una normativa que rige el acceso a la profesión, la práctica profesional carece de toda regulación, lo que implícitamente invita a pensar que cada uno puede hacer lo que crea más oportuno.

Más allá de la necesidad de que se establezcan unos criterios más o menos comunes que unifiquen la metodología en traducción, por ejemplo, en lo que se refiere al tratamiento de direcciones, nombres, sellos, apostillas, etc. (por supuesto, no me refiero a la forma de traducir en sí, que es personal de cada traductor), los traductores jurados no disponemos de un código deontológico que regule nuestra forma de actuación. La causa más directa de esto es la carencia de un Colegio de Traductores debidamente legalizado que proteja y regule la profesión. La Asociación Española de Traductores, Correctores e Intérpretes (Asetrad) creó un código deontológico que hasta el momento nos ha servido de guía, aunque como cualquier otro, con el paso de los años ha quedado algo obsoleto y, aunque con ciertos matices que personalmente cambiaría, su genialidad es innegable, aunque sólo sea porque es el único “decente” que hay en nuestro país.

código deontológico traductor jurado

Principios del código deontológico del traductor jurado

Me gustaría repasar especialmente dos de los principios que se proponen en dicho código ético, relativos a la calidad y a la confidencialidad, y que, personalmente, considero los más relevantes a nivel profesional:

1. “Rechazarán aquellos trabajos para los que no estén cualificados o cuya calidad no puedan garantizar”.

Puesto que la traducción es una profesión, como ya sabrán muchos, objeto de un continuo intrusismo profesional, esta máxima habría que seguirla a rajatabla en beneficio ya no solo de nuestra propia imagen, sino de nuestra profesión. Se me viene a la cabeza concretamente la imposibilidad de aceptar un encargo que para nosotros sea inaccesible, bien porque se aleja en demasía de nuestro ámbito de especialización, bien porque los plazos, condiciones de entrega y demás se escapan de nuestras posibilidades.

Todos hemos cometido alguna vez el error de aceptar un encargo que nos venia grande. El problema real no es aceptarlo, sino no gestionarlo correctamente a sabiendas que nuestras posibilidades de llevarlo a buen término son limitadas. En este caso, es más recomendable perder dinero derivándolo a otro traductor que quedarnos con el encargo y acabar haciendo un “Ecce Homo” como el de Borja.

2. “Respetarán los intereses legítimos de los clientes respecto a la confidencialidad y, por tanto, considerarán secreto profesional cualquier información de la que tengan conocimiento a través del ejercicio de su oficio.”

Nuestro oficio requiere que el traductor maneje información de carácter personal a diario y que trate la cuestión de la confidencialidad de una manera exquisita. En este punto nos acercamos mucho a otras profesiones que sí están reguladas (abogados, médicos, etc.). La confidencialidad del cliente debe protegerse sobremanera no sólo no desvelando la información contenida en los documentos que serán objeto de la traducción, sino protegiéndolos de forma que su acceso se vea restringida al traductor y al gestor de proyectos. En el mundo actual, la informática es un arma de doble filo: por un lado, nos facilita mucho nuestra labor; por otro, estamos expuestos a virus informáticos que podrían afectar a los datos contenidos en nuestros ordenadores. Por este motivo, hay que disponer de los medios adecuados para evitar esta situación e idear métodos que permitan una mayor protección de los datos (documentos protegidos con contraseñas, copias de seguridad en disco duros externos guardados bajo llave, etc.).

Tras todo esto, es necesario detenerse un minuto a reflexionar sobre cuál es nuestro propio código profesional como traductores, es decir, el que nos hemos ido marcando con el paso de los años o el que, como traductores noveles, pretendemos seguir. Desde mi punto de vista, lo más importante es ser fiel a unos principios éticos, independientemente de cuáles sean, siempre pensando en la defensa de nuestra profesión y de nuestro cliente. Y vosotros ¿cuáles son o serán vuestras máximas profesionales?

Sobre Carolina Balsa Cirrito 157 Artículos
Gerente - Directora. Licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Granada.

Sé el primero en comentar

¡Deja un comentario!