Cosas que pasan cuando un traductor no sabe traducir (Historia absolutamente verídica)

cuando un traductor no traduce

Hace mucho tiempo de esto. La cuestión es que, por aquel entonces, un servidor trabajaba en la TV local de Rota. Yo estaba considerado algo así como el presentador estrella; o al menos eso me decían los propietarios de la empresa, probablemente para hacer más llevadero el hecho de que, según las necesidades, tuviera que apechugar con informativos, magacines, retransmisiones deportivas, sketches humorísticos, procesiones de Semana Santa, reportajes y, alguna vez, con las corridas de toros. Pensándolo bien, más que la estrella de la emisora, yo era el logotipo, con todo el tiempo que me llevaba en pantalla. Pues bien, resulta que se celebraba en Rota un campeonato del mundo de no sé qué especialidad de vela, y me dijeron que el locutor oficial de deportes se había puesto malo, que me fuera inmediatamente a la entrega de premios.

– Vale – dije un poco inquieto.

– Y, oye, que vamos a hacer un directo.

– ¿Un directo? – ahora sí que me encontraba preocupado – Mira, yo es que de vela no entiendo mucho. De fútbol tengo un pase, pero los deportes náuticos…

– Venga, hombre, no seas modesto, que tú eres la estrella de la empresa.

Después de un elogio tan radical, nada podía hacer para oponerme. En fin, una hora y media después me hallaba comentando en directo la entrega de premios del campeonato del mundo de un deporte del que ignoraba – y ya es ignorar – incluso el nombre, pues no tenía claro si se trataba de la especialidad de 470, Finn o Snipe, lo cual la verdad me daba exactamente igual, ya que en realidad era incapaz de distinguirlas. La retransmisión, al principio, fue bastante plácida. Sólo tenía que ir diciendo cosas como: “El delegado de deportes de la Diputación de Cádiz va a entregar ahora el trofeo al tercer clasificado”, lo cual, como ustedes entenderán, estaba chupado para el locutor estrella de la empresa. El problema fue cuando acabaron los premios. Aprovechando una pausa publicitaria, me dijo el realizador: “ahora vienen las entrevistas”.

cuando un traductor no traduce

– ¿Entrevistas? – yo pensé que aquello comenzaba a ponerse feo.

– Claro, no vamos a terminar ya, ¿no? Da igual de dónde sean los regatistas, ¿verdad?, porque tú hablas idiomas.

Mi habitual modestia me había hecho presumir ante mis compañeros de que yo dominaba cinco o seis lenguas. Decía cinco los días que me hallaba humilde, y seis los que andaba falto de autoestima.

– Hombre – rogué yo – tampoco tienen por qué ser extranjeros. También puedes traerme a españoles, ¿eh? O italianos, ¿no? Si no son españoles que sean italianos.

Pero no tuve suerte. La pausa publicitaria no duró eternamente, y antes de que me diera cuenta me vi flanqueado por dos regatistas francesas. Eran dos chicas de aproximadamente mi edad por aquel entonces, muy guapas y bronceadas. Para mayor peligro, una de ellas tenía un escote como un balcón del ayuntamiento y ambas – según supe después – eran bretonas, que es uno de los acentos franceses más endiablados.

– Cinco segundos y entramos – dijo el realizador.

“La has jodido”, pensé, pero lo pensé tan fuerte que cuando el realizador anunció: “dentro”, lo dije en voz alta.

– La has jodido – dije ya en directo, para diversión de los espectadores.

Aquel fue un mal inicio, pero lo que siguió fue todavía peor. Desde entonces he aprendido algo de francés, y en el presente puedo mantener una conversación, pero por aquellos días reconozco que mis conocimientos de la lengua eran algo limitados.

rota cádiz

Comencé preguntándoles a las chicas como se llamaban, pero debí hacerlo con muy mala pronunciación, porque me respondieron que una tenía 23 y la otra 24 años. Decidí, pues, hacer sólo preguntas relativas a Julio Iglesias, que si bien es cierto que no tenían mucho que ver con la vela, también que era más fácil que me pillaran el hilo; aunque tampoco debí formular las cuestiones muy correctamente, porque las chicas no me comprendían, de forma que ellas empezaron a responder lo que les parecía. Yo, ya he dicho que eran bretonas, tampoco entendía una papa de lo que hablaban, así que me inventaba la traducción de las respuestas con total libertad, por ejemplo: “dice esta deportista francesa que éste es uno de los mejores campos de regatas en los que ha competido en su vida, y que está deseando volver a la Bahía de Cádiz, porque, además, uno de sus abuelos era de El Puerto de Santa María, ah, y dice también que le encanta el pescaíto frito”. Confieso que le eché muchísima jeta. Los cámaras y el realizador empezaron a darse cuenta de que algo no marchaba. Los vi reírse. Una de las chicas – que debía saber algo de español – se enfadó cuando vio que yo empleaba un par de minutos en traducir una respuesta suya de quince segundos. Se enfadó tanto que en un momento dado se quitó el micrófono y se fue con cara de mala uva. En directo. Ahí estuve genial, todo hay que decirlo. “Bueno – comenté – nuestra invitada se marcha porque la está llamando su entrenador”. La otra chica siguió en su asiento y se reía con la situación. Decidí cortar: “Vamos a dar una pausa para la publicidad”. En el intermedio, respiré aliviado, pero me di cuenta de que sudaba como un ciclista. Todavía tuve arrestos para preguntarle a la otra chica que dónde pensaba ir esa noche después de aquel acto, o algo así, porque la podía invitar a cenar. La francesa me miró como se mira a un zombi con lepra y se largó sin decir nada. Por un momento tuve la esperanza de que no se hubiera notado mucho mi ignorancia, pero pronto me desengañaron los cámaras y el realizador. “¡Vaya manera de hacer el ridículo!”, dijeron. “Terrible”, comentó el jefe de prensa del ayuntamiento que había estado pendiente. “¿No sabes mucho francés, ¿no?”, me dijo un directivo de la Federación Española que andaba por allí. Mi consuelo fue que, a lo mejor, los espectadores no se habían dado tanta cuenta como los presentes Pero al día siguiente me encontré por la calle a una amiga, traductora de literatura inglesa por más señas, y me aseguró que me había visto en la tele y que pocas veces en su vida había pasado tanta vergüenza ajena. En fin, no me suicidé porque acababa de comprarme una nueva motocicleta, pero creo que aún no lo he superado. Todavía, por las noches, tengo a veces pesadillas donde me veo en un plató de televisión. En mi pesadilla, estoy entrevistando a dos extraterrestres. Ellos hablan y hablan y yo no entiendo nada. Y la pesadilla es todavía peor que la realidad, porque si de francés no sabía mucho, de extraterrestrés sé todavía menos. Y, encima, los extraterrestres no se sabe si son chicos o chicas, por lo que ni siquiera puedo mirarles el escote. Eso sí, a partir de entonces mi mote en la Televisión local fue “el políglota”.

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